07-Jul-2017

El coreógrafo cubano Alberto Méndez cuenta la experiencia de su profesión, al infundir vida al escenario a través de la danza.

Leonardo González

Detrás de la belleza de la danza en el escenario, los pasos, saltos y la técnica que demuestran los bailarines hay unos magos: los coreógrafos.

Ellos son actores diferentes de la danza, son los compositores del espacio. Quienes en su mente sienten las historias y la música y hallan la manera de narrarlo todo con el movimiento.

Uno de los más reconocidos a nivel internacional es el cubano Alberto Méndez, quien recién estuvo en la Ciudad para montar la coreografía de “El Fantasma de la Ópera”, como parte de la Temporada de Otoño del Ballet de Monterrey.

Y aunque aún no hay una fecha confirmada para su estreno, se espera que la puesta arranque el viernes 29 de septiembre en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad.

1 SU ESCUELA, LA EXPERIENCIA 

¿Cómo se forma un coreógrafo de ballet? Méndez no tiene duda, quienes se dedican a la coreografía dancística deben de haber bailado profesionalmente en algún momento de sus carreras.

“Para ser coreógrafo tienes que haber sido bailarín. ¿Cómo puedes explicarle a una persona si tú no lo has sentido anteriormente?”, señala el coreógrafo de 78 años.

“Y mientras más hayas bailado, más experiencia tienes para poder transmitir lo que tú quieres a la hora de la coreografía”.

Esta experiencia dancística es de especial importancia, explica, debido a que la creación coreográfica es algo para lo que no hay estudios formales, todo es producto de la creatividad.

“Los coreógrafos no tenemos escuela, no existe una escuela, tal vez había una en la antigua Unión Soviética, pero era un programa más formativo en la cultura, para que se aprendieran los clásicos”, platica Méndez.

“Pero la creación no se puede enseñar, la creación la tienes o no la tienes”.

Quien más ha influido en su trabajo, indica, es el francés Maurice Béjart, quien visitó Cuba y montó varias obras.

2 UNA VIDA EN LA DANZA

Nacido en 1938 en San Luis, de la provincia Pinar del Río, Méndez se enamoró de la danza y el arte al verlos en películas antiguas.

“Los recuerdos más lejanos que tengo de mi niñez es que siempre la danza y la pintura me gustaron muchísimo. Como yo nací en el campo y viví muchos años en el campo, hubo que sacarme de ahí, y por un problema puramente circunstancial llegué a la danza”, cuenta el creador con más de 58 años de carrera.

Comenzó a bailar a los 21 años, una edad avanzada si se compara con otras figuras de la danza, pero por sus habilidades físicas y atléticas, y una buena dosis de trabajo duro, rápidamente pudo entrar al Conjunto Nacional de Danza Moderna en 1959, y al siguiente año ingresó al Ballet Nacional de Cuba.

Fue en 1970 cuando debutó como coreógrafo con su obra “Plásmasis”. Desde ahí y después de ganar diversos premios, alternó su trabajo como bailarín e ideando coreografías.

“Uno va haciendo no lo que más te gusta, sino lo que en ese momento ocupa más tiempo y el otro se va quedando un poquito atrás, no fue una cosa a rajatabla, sino poco a poco. Fui dejando de bailar los roles clásicos, empecé a bailar los de carácter, que no demandan un esfuerzo como los roles principales, y me fui dedicando más a la coreografía”.

Ir dejando poco a poco la danza para dedicarse al quehacer coreográfico fue un alivio para él, señala al recordar su carrera.

“Ya a la hora de bailar en escena me costaba, me costaba mucho trabajo. No era una sensación de lo que yo imaginé que sería el placer de pararse en un escenario”, comenta.

“Cuando después hice personajes de demi-carácter, ahí lo disfruté muchísimo más porque no había un esfuerzo físico al que yo no estuve preparado desde los inicios porque empecé muy tarde. Sí lo hice, pero me costaba mucho. Lo disfrutaba, pero sufría”.

Sus obras son parte del repertorio de compañías de distintos países, como Venezuela, Colombia, Argentina, México, Puerto Rico, Italia, Hungría, Polonia, Francia, España y Cuba.

Todavía el año pasado, a sus 77 años, Méndez participó como bailarín en una pequeña compañía de Miami, y él no parece querer parar.

3 EL FANTASMA EN MONTERREY

La novela gótica de Gastón Leroux, El fantasma de la ópera, narra la historia de un genio deforme que se esconde en los sótanos de la Ópera Garnier de París y que con sus crímenes aterroriza a los responsables del teatro.

Así, se enamora de la hermosa corista Christine Daaé, a quien hace su musa. Por su amor competirá con con un joven noble.

“En el libro las protagonistas son dos mujeres que son cantantes, lo trasladamos a la danza y pusimos bailarinas. La historia básicamente es la misma, pero la adaptamos con la danza”, explica Méndez.

Esta versión no es exactamente como el público se lo imagina, aclara.

“El antecedente que tiene todo el mundo es el de Broadway, pero yo desde un inicio traté de apartarme y hacerla sin ver la obra de Broadway.

“Éste es un ballet en el estilo y forma de los ballets tradicionales, pero no tiene nada que ver con los ballets clásicos. Yo lo catalogaría como un neoclásico”.

Fue en 1997 cuando el Ballet Concierto de Puerto Rico estrenó en San Juan el fastuoso “Fantasma de la Ópera” realizado por Méndez.

Con José Manuel Carreño, actual director artístico del Ballet de Monterrey, como bailarín principal de la obra, la compañía viajó en una gira a Taiwán y Nueva York para presentar su versión de esta puesta.

Luego de esta gira, el coreógrafo se olvidó de la obra, y cuando el año pasado intentó retomarla, se sorprendió al encontrar un video que le facilitó el proceso de volver a realizarla, platica sonriente.

“Una amiga mía que fue la que hizo el vestuario en Puerto Rico, tenía un video, me lo envió y me ha ayudado muchísimo”.

Originalmente la obra de Méndez era un ballet de tres actos, pero para presentarlo en la Ciudad y hacerlo más accesible, redujo el montaje a dos.

“Eso implica mucho, hay que pensar muy bien para mantener la obra intacta pero reducirla de tiempo”.

Aunque Méndez dejó la Ciudad esta semana para retornar a su natal Cuba, volverá a principios de septiembre para estar en los ensayos finales de la obra.